Está naciendo una nueva dimensión
Está naciendo una nueva dimensión
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Doce de la noche. Vuelta a casa y ojos clavados en dirección a medio vaso de fresca cerveza. Ojos achinados que dicen cosas incluso sin decir ni una sola palabra. Luigi, no pienses en un elefante, parecía decir ella con su cándida mirada. Pelo suelto. Vestido angelical veraniego de los que gustan, negro, trasparente, de esos que dejan soñar con todo lo que está medio escondido: pechitos, piel tostada, braguitas... (Prefiero no seguir).
No existen riesgos aparentes de fracaso o de rechazo. Ella está sola, y sigue estando sola después de su tercera cerveza. Fuma de vez en cuando, y todo el proceso de liar cigarrillos no hace si no incrementar con creces esa aura de misterio que rodea a Priscila. A Luigi le gusta ese nombre y por qué no imaginar que se llama así. Puede que incluso se llame Patri, ó Pati, y sea de Puertollano, aunque también es posible que Rocío e incluso Belén o Cayetana. Le encantaría que fuese así, porque en más de una ocasión ha soñado con esos nombres.
Sigue sin existir motivo aparente de fracaso ante la embestida. Él la mira. Ella no mira de manera tan descarada, pero hay reojos de vez en cuando. Hay gente, bullicio, un ir y venir de cervezas que se depositan en poyetes, escaleras, papeleras, cualquier sitio es bueno para dejar los vasos. Luigi pide una más y espera a ser atendido. En ese momento el corazón le empieza a palpitar de manera intensa. La temperatura de su cuerpo sube de manera radical en apenas cinco segundos. Nota que alguien toca su espalda. Acto seguido cogen su mano derecha. Lo hacen con fuerza pero sin dolor. Luigi no quiere mirar hacia atrás. Luigi no quiere ser atendido todavía. Prefiere esperar porque esa mano desconocida ahora roza su cuello. Le acarician, y ahora le abrazan con fuerza. Piensa que podría ser ella.
- ¿Y bien? – dijo en voz baja y en tono simpático.
- ¿Me deseabas? – prosiguió.
Luigi sabía que sí. Lo sabía porque había desarrollado un método infalible para determinar el deseo de las demás. De acuerdo con este método, que aprendió con la lectura del Buda de los Suburbios, le deseaba porque también él estaba interesado en ella. Cada vez que encontraba atractiva a alguien, gracias a esas leyes que gobiernan el universo, podía tener la certeza de que a la persona en cuestión le iba a resultar atractivo. Esas leyes garantizaban también que cuando estaba con alguien como aquella chica, lo más probable era que le mirase exactamente como le estaba mirando ella, con una sonrisita traviesa y con cara de querer besarle en los labios, precisamente lo que más le gustaba a Luigi.
Su padre, el padre de Luigi, de cuya voz manaban enseñanzas como la lluvia en Londres, nunca le había hablado de sexo. Cuando, para poner a prueba su liberalismo, le había exigido que le contara los hechos de la vida (de los cuales ya le habían puesto al corriente en la escuela, a pesar de que seguía confundiendo las palabras útero, escroto y vulva), se limitó a decir en un murmullo: “siempre te das cuenta cuando una mujer está dispuesta para el sexo. ¡Ya lo creo! Las orejas se le ponen calientes”. Luigi observó las orejas de aquella chica con atención. Lleguó incluso al extremo de extender la mano hasta rozar ligeramente una de ellas, por mera comprobación científica. Y, sí, sí, ¡estaba calentita! POR FIN.
Se mantenía tieso como un palo sobre su cabeza, en perfecto equilibrio. La barriga le colgaba y los huevos y la polla le abultaban los calzoncillos. Tenía los bíceps desarrollados y tensos y su respiración era acompasada. Era fuerte y de espaldas anchas, entre otras cosas porque era fanático entusiasta de los extensores de tórax. Estaba tan orgullosos de su tórax como el vecino de Luigi de su moto. Al primer rayo de sol, no dudaba un momento en quitarse la camiseta y se apresuraba a salir a pedalear con su extraña bicicleta. Le gustaba fumar.
Él le pasó el porro a Luigi. Le dio una calada y se lo devolvió, pero se echó la ceniza por la pechera de la camiseta, con lo que consiguió, una vez más, la marca de un diseño que sólo logran identificar aquellas personas habituadas al olvido por motivo del consumo de ciertas sustancias. Estaba tan nervioso y tan mareado que se puso de pie enseguida.
- ¿Qué?, ¿qué es lo que te pasa?
- ¡Tengo que ir inmediatamente al lavabo!
Luigi bajó la escalera de mano a todo correr. No podía aguantarse ni un segundo más. Aquello podía explotar en cualquier momento. En el cuarto de baño había cuadros enmarcados que anunciaban obras de Lanceta. Había rollos de papel higiénico con dibujos orientales y de una suavidad que jamás su culo o su polla habían experimentado. Había también un bidé y unas braguitas que asomaban de él. Aquello no tenía aparente aplicación sexual. Se imaginó de quién serían y le recordaron a la chica rubia con la que compartió algo apenas dos días atrás. Mientras estaba allí sentado, observándolo todo con los pantalones bajados, Luigi tuvo una revelación extraordinaria. Por primea vez en su vida lo vio todo con tanta claridad, tanto el presente como lo que quería hacer en el futuro. Viviría siempre igual de intensamente: misticismos, amigos y amigas, alcohol, sexo a manta y drogas. Era la primera vez que lo veía así y ya no deseaba otra cosa.
La puerta hacia el futuro se acababa de abrir: sabía el camino que quería seguir. En lo sexual esto se traduce en que es fundamental tener una buena cultura del sexo.
Luigi ha dormido apenas unas horas, pero ha merecido la pena. Aquella chica o aquella mujer que aparentaba horas de misa resultó ser una de las mejores experiencias sexuales de su vida. Hubo vino tinto entre medias, champán, cava, fresas con nata e incluso caviar al despertar. La silueta de esa chica se amoldó en apenas media hora a los espacios del apartamento de Luigi. La adolescencia daba paso a la madurez, y juntos parecían esas parejas en los inicios de la sexualidad. Apenas hablaban porque no había nada de que hablar. Sólo sexo, caricias, besos, deslizamientos en el suelo, baño, cocina, y descansillo de la escalera. Él bajaba más de la cuenta y ella subía de vez en cuando para hacer un ensamblaje perfecto de esos que ni la NASA ha conseguido en sus experiencias espaciales. Su cuerpo se movía porque necesitaba moverse. Los gemidos hacían que todo eso se multiplicase por diez. Eran capaces de seguir y seguir y sólo paraban para reanudar aquello que no tenía que haberse terminado jamás. Dos noches, tres noches, dos horas. Miradas y vuelta a empezar. Dos días, dos horas, dos noches. Seguir y seguir.
El psicólogo de Luigi lo ha vuelto a llamar con preocupación. No debes volver a ese estado de anormalidad. Has vuelto a perder aquello que compramos anoche. Recuerda que lo guardaste en el bolsillo del pantalón. Sí, sí, lo recuerdo, respondió Luigi mientras seguía y seguía buscando por toda la casa.
Son las ocho de la mañana de un domingo extraño por la soledad de las ánimas. Lo primero que Luigi ha hecho ha sido comprar el periódico dominical para ver la sección de sucesos. Tiendas y quioscos cerrados. Poca gente en las calles y sólo un par de ardientes mujeres caminan dirección a ninguna parte. Se miran. Se fijan. Se sonríen. Tontean con las miradas. Se paran. Se tocan. Se miran y se vuelven a mirar. Las mallas que llevan permiten a Luigi verificar que no llevan tanga. Sólo hay tiempo para preguntar por la calle de Enmedio, o eso es lo que Luigi entiende de ese spanish que balbucean Andrea y Virginia, nombres que ellas mismas sugieren al finalizar la siguiente pregunta referida a la ubicación de algún servicio público cercano. Los bares están cerrados y la casa de Luigi quedaba a unos metros de distancia. No hizo falta volver a decir nada porque las miadas lo insinuaron todo. Menos mal que las sábanas las acabada de cambiar. Un trío a las nueve menos cuarto de la mañana hizo que aquel día fuese de los que siempre gusta recordar, y por supuesto repetir todos los días y a todas horas. Fue así como descubrió otra lección inolvidable, esa en la que desentierras unos cuantos tesoros y los vuelves a enterrar, para jugar a la búsqueda, una vez más, al ritmo que toque la banda: escuchar el tempo, la música que vibra en el cuerpo de cada persona. Y si en lugar de una persona son más, la partitura se complica. Formar parte de una big band, decía su amigo Miguel, puede resultar una experiencia gloriosa.
El nivel de exigencia se había convertido en algo habitual en las relaciones que aquel chico mantenía. Ya no bastaban esas posturas de antaño y aquellas experiencias de la piel como centro de la relación erótica y amorosa, del placer, de la ternura y el contacto con uno mismo y los demás. Necesitaba de consejos de conocidos, como el de su amiga “Ana Pop” sobre los libros de Michel Houellebecq. Necesitaba películas en las que poder tomar algún ejemplo e intentar que ellas llegasen también a esa multiorgasmia que tantas veces había visto en las actrices. Dados y cadenas como las que Fito y Edu le regalaron se habían convertido en útiles instrumentos, porque ya no quedaba duda que una sexualidad palpitante le reportaba tremendos beneficios para el cuerpo y el espíritu. Juegos excitantes que le estaban cambiando la vida. La postura del misionero (le missionaire) había dado paso a otras que tenían un éxito tremendo como la batidora (le batteur), la rueda de la fortuna (la roue de la fortune), la jirafa (la girafe), el columpio (la bascule), el manantial (la source), la gruta flotante (la gotte flottante) y la danza de los caracoles (la danse des escargots).
En las últimas semanas el empeño de Luigi es encontrar esa chica que también quiera disfrutar de el placer divino (il placere divino), el horizonte (L’Orizzonte), la balanza (la bilancia), la galga (la cagna), la gran V (la grande V), la aspiradora (L’Aspiratore) y el equilibrio (L’Equilibrio).
Quizá en “la velá”. Nos vemos.
Ni siquiera ahora controlaba lo controlable
Luigi ha vuelto a la anterior vida en la que aquella “burbuja” de soledad intelectual no dejaba de perseguirle. Día tras día permanece sentado, ya no sólo frente al ordenador, sobre todo rodeado de libros, papeles, periódicos, libretas, y un largo etcétera que incluso podría incluir todas las fotografías de mujeres a las que ha querido.
El día se hace cada vez más largo, o por lo menos Luigi vive despierto cada vez más horas. Las seis de la mañana y la mente empieza a deambular por cosas que antes ni siquiera prestaba atención: historias de adolescente, bollycaos, parchís, regalís, Merton, Marx, Weber, Cooley, y un largo etcétera que le es imposible recordar mientras saborea otra cerveza más aderezada de verdes y negras aceitunas.
Por favor, repite en voz baja. Por favor, repite en voz alta mientras espera un instante a que se apague el maldito teléfono. Sale al balcón y grita desesperadamente: ¿y dónde están esos sueños mojados de antaño que procedían de noches de cama y mucho vino tinto?
Luigi decide abrir otra cerveza mientras piensa que no sabe si podrá resistir a esta situación, a todo lo que el día le exige. Luigi ya no es capaz de distinguir si su cuerpo se comporta de manera funcional. Más bien piensa que cada vez se asemeja a comportamientos más disfuncionales. Se mira la “colilla”; está triste. Necesita resguardarse una vez más, necesita ser acariciada y querida; necesita conocer a más personas. Luigi ni siquiera comprende si sus actos son actos sociales, mayoritariamente, o son biológicamente adoptados. Luigi no entiende nada de esto, pero tampoco entiende por qué ya ni siquiera puede dominar esos impulsos asexuados.
No hay sexo desde hace más de un mes, ¿o más? Esas chicas de antes ni siquiera mantienen sus miradas dulces y provocativas, ahora intentan alejarse cada día más de él.
En relación a ello sólo existe una explicación: es domingo veinticuatro de mayo de 2009.